jueves, 19 de enero de 2017

Efímeras digresiones de un reseñista arrepentido

Hay una reseña de la cual quiero arrepentirme, pero no del todo; me refiero al lapidario juicio emitido a Saer por la escritura de Nadie nada nunca. Mi afán por forzar una escritura bajo el imperio de las categorías juveniles contemporáneas echó a perder lo que pudo haber sido una buena reseña. El aburrimiento que me produjo el libro es, no obstante, auténtico, pero es menester contraponer al peso de las impresiones un análisis riguroso.

De este acto de expiación se desprende, inminente, una reflexión acerca de las condiciones actuales de lectura de la literatura nacional. He defendido en reiteradas oportunidades la libertad de leer. Mi posición contra lo que Meli Corbetto denominó bullying intelectual, fenómeno que yo rebauticé como racismo literario, es intransigente. En todo caso, lo que un blogger debe juzgar es la estructura del relato, la calidad, el contenido...

Algo que los chacales periodísticos reprocharon a los bloggers es la falta de objetividad a favor del factor emotivo. «Lo que el libro me hizo sentir». Estimo las acusaciones –yo soy un escritor de sangre fría–, pero quiero subrayar que la objetividad absoluta es imposible. El gesto de los bloggers al incorporar una hipersubjetividad a la reseña me parece un gesto con efectos sorprendentes, pero pocos son los que verdaderamente alcanzan un equilibrio entre originalidad de estilo y precisión discursiva.

La ya mencionada Corbetto, toda una Mark Twain de la blogósfera argentina, que trae su propio humorismo angélico a través de reseñas que por su alto grado de sinceridad pueden llegar a ser deleitablemente caústicas; o Mica, de Fragile Dreams, que interpela a sus seguidores con una muletilla clásica («humanillos») y distintiva de una escritura personalísima y abierta.

Lamento la digresión. Prosigo.

Reivindicar a Saer en mi sistema literario personal después de haberlo denostado será una de mis obligaciones inmediatas. Reescribir la reseña de Nadie nada nunca me parece menos eficiente que publicar, en las tardes venideras, un artículo de un libro que sí me ha gustado: Glosa.

Sarlo refirió que leer Glosa después de Nadie nada nunca modifica sustancialmente lo que uno leyó en el primer libro. Resumo: en Nadie nada nunca se describe una serie de crímenes perpetrada por un asesino de caballos; el pavor general obliga al Ladeado a ceder a su corcel amarillo bajo los cuidados del Gato Garay, guarecido en una casita insular.

En Glosa hay una referencia a Nadie nada nunca que modifica enteramente lo que se ha leído. Expresar la naturaleza de dicha referencia atenta contra el pacto de silencio que me he autoimpuesto. Los lectores tendrán que arriesgarse por su cuenta: léase Nadie nada nunca y Glosa en ése orden. O el efecto sorpresa se echará a perder.

Mi dificultad para escribir artículos impresionantes es notoria; coartado por la fugacidad del tiempo y el advenimiento de los exámenes, me limito a publicar comentarios de lo que he escrito, a arrepentirme de mis obras anteriores. Espero mis lectores, los que me bancan, excusen este acartonamiento de estilo, esta reducción de mi escritura…


La literatura pone en evidencia
las ilusiones del tiempo y el espacio,
subraya su cualidad subjetiva,
nos dice que su materia es el recuerdo.

Beatriz Sarlo, “La condición mortal”.
Escritos sobre literatura argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007.

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