lunes, 16 de enero de 2017

“¡Tinta fresca!”, gritó el chacal: ¿plataforma propagandística o nueva forma de hacer arte?

Desde el principio contemplé al blog como una forma artística que no se limita a la fabricación de reseñas. En mi blogoscopio registro mis páginas predilectas: evito incurrir en el fácil pecado de la enumeración, para no angustiar al lector.

Paradójicamente, los guardianes del universo literario contemporáneo parecen renegar de la blogósfera: rememoro cierta controversia suscitada por un periodista serio que categorizó a los bloggers, booktubers y bookstagramers como púberes. Lo que prometía ser un artículo informativo degeneró en un texto empobrecedor y olvidable.

Nuestra obligación como agentes de comunicación es construir vías de acceso entre la cultura y el hombre. Lo que la crítica no soporta es que la blogósfera argentina sea perfectamente funcional a la literatura juvenil, a los novelistas contemporáneos, a lo que los analistas del sistema capitalista denominan cultura de masas. Incluso algunos se enfadan si uno entresaca la vieja polémica entre literatura y mercado. Yo no traigo ínfulas de hipster underground: no es un crimen promocionar un libro como artículo de consumo, porque «es» un artículo de consumo.

Lo que me horroriza, tal vez, es llegar a contraer la lógica de la cajita feliz: consumir cuarenta libros en una semana sin que ninguno marque un antes y un después en mi visión de mundo.

La blogósfera como «plataforma propagandística» merece análisis más exhaustivos que yo no estoy dispuesto a realizar. No obstante, yo ya metí el dedo en el barril de sangre; no puedo salir con las manos limpias del laberinto. Mi posición pro-blogger no implica negar las relaciones existentes entre literatura y dinero, entre arte y publicidad, entre moda y cultura, así como tampoco negar las limitaciones del formato. Restringir esta problemática a la literatura juvenil es llevarse un cartucho de dinamita a la boca con la mecha encendida. Lo de «leer por moda» no es un problema nuevo. ¿«La literatura como espectáculo»? Me lo presentan como un concepto novedoso, polémico, pero me río. Fíjense, caballeros: Fogwill, escritor argentino fallecido hace unos años, publicó Los pichiciegos en el 1982, en el transcurso de la Guerra de Malvinas. Al tipo no le temblaba el pulso al mencionar marcas de artículos de consumo en sus historias. Operación semejante a la que hizo –y sigue haciendo– Stephen King desde... bueno, digamos... Carrie.

Definir un blog como un mero tendero digital de novedades editoriales es quedarnos cortos y subestimar a nuestro objeto de estudio. Detrás de una página web o un canal de YouTube o una cuenta de Instagram existe un contexto socialhistóricopolíticoeconómicocultural que posibilita y avala el desarrollo de este género discursivo. Comparar la reseña de un booktuber con una pieza de crítica literaria y extraviarnos en un inútil juego de similitudes y diferencias es ignorar las verdaderas riquezas, limitaciones y posibilidades del formato.

Uno de los retos más desafiantes de todo blogger es comprender los límites del género. Muchos de los que se subieron a la nueva ola de lectores en los últimos años terminaron descendiendo de los caballos de batalla a mitad del combate, abandonando el arte de la reseña por tal o cual motivo. Acá surge, adrede, la pregunta: ¿Por qué reseñar?

Prosigo: cuando reseño a Fogwill, a King, a Collins, a Córtazar, a Wells... ¿qué estoy reseñando? ¿Qué estoy haciendo con mi blog? ¿Recomendar, promocionar, elogiar, reprobar, analizar, desahogarme, huir de la realidad, reflexionar sobre ella o deconstruirla posicionando a la literatura como punto de partida? Yo hago de todo un poco. Opiniones marginales es un ejemplo de todo lo que no debe hacer un blogger. A mí me gusta jugar a ser antiblogger, abstenerme de las formalidades establecidas por el juego de valores imperantes, no sucumbir a los encantamientos de los book hauls, book tags y desafíos de lectura que sé que no voy a poder cumplir. Porque soy un lector «chapado a la antigua», como los detectives de policial negro. Porque echo mano de un léxico académico, rebuscado, poético, innecesariamente complicado. Me gusta embarrarme la cancha y lanzarme a ella, hundirme hasta las orejas con mis propias palabras. Escribir es jugar con el lenguaje y mantener al niño interior vivo a través de este juego. Los bloggers hacen exactamente lo mismo; sus formas expresivas son distintas, y los efectos son otros.

Sus detractores no les perdonan eso: que sean jóvenes. Que el Martín Fierro y Jorge Luis Borges no configuren el centro de nuestras bibliotecas. Que prefieran a Katniss Everdeen y no a Emma Zunz o Marta Riquelme (¡cuentazo de Martínez Estrada, si me lo preguntan!). Pero los jóvenes leen lo que tienen a mano, lo que está dentro de sus posibilidades. Si alguien está acostumbrado a las novelas distópicas o a los libros de Paulo Coelho, no le puedo reventar la cabeza con el Ulises de Joyce o el Adán Buenosayres de Marechal. ¡Qué crueldad inadmisible! No, señores. En el juego de la literatura, el jugador es libre de elegir qué es lo que quiere leer.

–Si leemos es porque leemos, si no leemos es porque no leemos... No importa lo que hagamos, siempre nos van a criticar porque somos jóvenes –oí decir a alguien, el año pasado, en la FantastiCon 2016.

Como si leer fuera un pecado.

Nos enseñaron a leer palabras cuando necesitábamos aprender como leer el mundo. Nos enseñaron que el arte no sale del museo, pero la vida entera es una obra de arte. Los que reniegan de los best-sellers son los mismos que se inyectan música pop, largometrajes hollywoodenses y series de televisión. Los chacales que se reparten la túnica de nuestros blogs muertos no nos han proporcionado las herramientas necesarias para producir lo que ellos esperaban que produzcamos. Nos han dado una definición de literatura, cuando en realidad necesitábamos una visión de literatura.

Que la blogósfera experimente oscilaciones, sequías y renacimientos, no me sorprende. Que nadie se haya puesto a analizar con la debida meticulosidad los virtuosos engranajes que constituyen una reseña… eso sí me deja pasmado.

Hasta ahora, que yo sepa, nadie ha alzado la voz para proclamar al blog como una nueva forma de hacer arte. Aún aguardo, aunque no sin una cuota de afable impaciencia, la llegada de un boom, un cambio de paradigma, un reordenamiento estético, un grupo literario, una nueva escuela que muerda la manzana de la discordia e instale nuevas discusiones en los auditorios y círculos de lectura.

Andy Warhol con sus serigrafías, Dalí con la escafandra, Duchamp con su mingitorio. Tres artistas que posicionaron al arte en una zona de conflicto. Si la blogósfera está en crisis, acentuémosla, cuestionemos las categorías imperantes, reformulemos nuestros modos de leer la literatura y el mundo. Mi llamado, probablemente, sea ignorado; la posibilidad de que nos estanquemos en formas de expresividad ya agotadas es altísima; multiplicaremos columnas de reseñas de los mismos libros con las mismas opiniones, nos atiborraremos de novedades hasta la garganta… ¿Y luego qué? El placer de la lectura degenerará en un hábito mecánico, automático, vacío.


Y entonces, los chacales habrán ganado.

La situación actual
de nuestra literatura
plantea nuevos problemas
y destaca nuevos hechos.

Boris Eichembaum,
El ambiente social de la literatura (1927)

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