lunes, 27 de febrero de 2017

44.000 - 4.000 palabras = la peor novela del mundo en proceso

Estoy escribiendo la peor novela del mundo. Casi 40.000 palabras de pura basura. Eran 44.000, pero advertí que había párrafos enteros que no cumplían ninguna función dentro del texto. Esta es la razón por la cual ya no publico entradas en este blog con la frecuencia de antes.
No quiero develar detalles comprometedores: la trama transcurre en una versión alternativa de la República Argentina. El Tercer Reich ha vencido en la Segunda Guerra Mundial; a grandes rasgos, una novela que no promete ser diferente a El hombre del castillo, de Dick. Mi escritura persigue a tres personajes jóvenes unidos por un destino común. Esto es todo lo que puedo decir acerca de una historia que tal vez no publique nunca.
Lamentablemente, no escribo literatura juvenil. Este argumento que cabe perfectamente en la palma de una mano ha sido escrito de tal forma que no acata las tradiciones impuestas por el género. He leído a Rowling, a Chbosky y Meyer –espero el tiempo me proporcione un lapso razonable para cumplir mis obligaciones con Green, con Collins y Roth– y me consta su influencia en esta generación de lectores.
Borges, King, Arlt, Bradbury, Pullman, Morrison, Walsh y recientemente Saer han afectado el curso de mis palabras. No niego la existencia de lectores antiborgeanos en nuestras filas etarias. No los culpo: en las aulas de los institutos escolares no nos han proporcionado claves de lectura suficientes para entender a los poetas. Mi caso es el más afortunado, porque mis docentes advirtieron en mí el germen de la literatura y siempre me han incentivado a persistir en la carrera del conocimiento.
He notado en algunos bloggers aspiraciones novelísticas que no han podido concretarse. Jóvenes que se han autoimpuesto la labor de escribir X cantidad de palabras por día y al cabo de unos meses desisten del proyecto. El solitario oficio de escribir novelas no es tan solitario en un mundo donde las redes sociales son un factor elemental que determina la popularidad (mas no la calidad) de una obra literaria.
Mi relación con mi propia escritura es de amor-odio. Empecé escribiéndola pensando que era una idea genial. Luego, la abominé, pero ya era demasiado tarde. He llegado a las 44.000 palabras; entre la bronca de no obtener los resultados deseados y el tedio de omitir los detalles innecesarios que entorpecían el transcurso de la narración, le quité más de cuatro mil.
Mi objetivo es sencillo: triplicar la cantidad de palabras, segmentarlas en capítulos y obedecer, simultáneamente, una estructura narrativa. Aún no he decidido si ha de tener un final abierto o cerrado.
En esos espacios en blanco donde no puedo hallar la forma de seguir con la novela, escribo notas como esta. Pequeños ejercicios literarios que ejecuto mientras pienso en otra forma de seguir escribiendo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario