miércoles, 5 de abril de 2017

De inquisidor a potterhead o cómo me hice Ravenclaw

Hace tiempo escribí un artículo titulado Cinco razones por las que no me terminó de gustar Harry Potter, donde explicaba mi frustrante experiencia al haber leído por primera vez la saga mágica de Rowling. Para entender dicha frustración, hay detalles que debo recapitular: en primer lugar, no me enganché con Harry Potter sino tardíamente, cuando todos pensábamos que este bello ciclo de historias había terminado (el estreno de El legado maldito y la adaptación fílmica de Animales fantásticos y dónde encontrarlos nos desengañaron). He leído esos siete libros a sangre fría, pero sin criticar directamente el material de la obra. Tenía que escribir una crítica que no pareciera una crítica para no enardecer a los potterheads. Simultáneamente, me maravillaron todas las operaciones literarias y extraliterarias que Rowling utilizó para moldear un virtuoso sistema simbólico que se sostiene y se enriquece a lo largo de la saga. La escritura épica, reivindicada en los tiempos de la postmodernidad, se extendió incluso a otros autores y géneros. El mismísimo Stephen King halló fuerzas en los tres primeros libros del ciclo mágico para continuar su propia saga: La Torre Oscura.
¿Cómo leer Harry Potter después de Harry Potter? ¿Hay un «después», realmente?
Las puertas de Hogwarts siempre estarán abiertas para aquellos que deseen entrar a este universo fantástico. Tanto Rowling como sus seguidores han abolido la posibilidad de cierre. Harry Potter es ya una pieza clásica de la literatura contemporánea; el éxito de La piedra filosofal reformuló, entre otras cosas, tanto el arte de la escritura como la relación autor-obra-lector.
Rowling re-legitimó y re-dimensionó la literatura infantil y juvenil, construyendo una narrativa que entra en contacto no sólo con otros géneros literarios sino también con todo un espectro temático inconmensurable: tramas políticas, cuestiones sociales, dramas universales, enigmas policiales, etc.
Mi postura inquisitorial se modificó considerablemente al cristalizarse toda esta serie de controversias que la obra de Rowling representa dentro del continuum de Harry Potter. Hoy, hasta puedo decir con orgullo que me siento Ravenclaw. (¡Aguante Ravenclaw, vieja! ¡No me importa nada!) Yo me enganché tardíamente a este fenómeno. Mi punto de vista no es el del fanático empecinado, pero tampoco es la del intelectualoide cerrado.
Es necesario, a la luz de estos hechos, desarrollar una nueva perspectiva para leer el lado oscuro de estas lunas literarias. Proporcionar tanto a críticos como a los lectores otras herramientas de análisis que revaloricen el género fantástico.
Aunque Rowling ocupe un lugar más privilegiado en el sistema literario occidental, no existe un pensamiento crítico en Latinoamérica lo suficientemente solidificado que concilie al fandom con la universidad; el placer de la lectura y el análisis de la escritura parecen ríos antagónicos. (En Estados Unidos, en cambio, hay enciclopedias enteras respecto a JKR.)
Un poco para redimirme de mi posición anterior, un poco para interiorizarme en los debates que incendian los foros, un poco para crear un espacio de acceso a la erudición de los potterheads, un poco para divertirme, estoy preparando una nueva sección en el blog para discutir otras posibles lecturas de HP. Esta iniciativa que todavía no tiene nombre surge de una serie de discusiones que tuve con mi hermana (Hufflepuff de pura cepa) mientras veíamos La piedra filosofal; la escena del retrato de La Dama Gorda desencadenó un debate acerca de los cuadros mágicos que pienso desarrollar con mayor detenimiento en la próxima entrada.
En la actualidad no sé si podría definirme como potterhead; soy, en todo caso, un inquisidor arrepentido que intenta desandar los senderos del odio.

Queda, tras la penitencia, un consuelo: las puertas de Hogwarts siempre estarán abiertas. Para mí, para ti y para todos.

1 comentario:

  1. Rowling definitivamente tiene el anillo para gobernarlos a todos, el anillo para encontrarlos, el anillo para atraerlos a todos y atarlos a Hogwarts.
    Ok, esa referencia fue demasiado larga. Pero ya me entendés. Has caído bajo el peso del poder de Rowling y su mundo mágico. Ahora te reto a intentar salir *risa malvada* *truenos* *cuervos volando*
    Ahora va el comentario en serio.
    Es difícil engancharse a Harry Potter después de Harry Potter si no empezás a leerlo con la edad adecuada, o, al menos, sabiendo que no tenés la edad adecuada para ello. Yo, como fan empedernida (aunque intento ser racional a veces, juro que lo intento) hace años que no puedo terminar el primer libro. Y es que me aburro: tengo 23 años, y la primera vez que lo leí (y me deslumbró) tenía 8. Hay una diferencia abismal.
    Es claro que hay agujeros argumentales, errores en la construcción del universo e incoherencias temporales, pero esto no es El Señor de los Anillos. La obra de Tolkien es perfecta, pero ¿cuánto tardó en escribirla? 15 años como mínimo (de hecho, 16, acabo de googlear). Rowling tardó como máximo 2 años en sacar cada libro, y sus objetivos eran muy distintos a los de Tolkien.
    A lo que voy es que si bien Harry Potter no es la obra literaria del siglo, tiene sus méritos. Y éstos superan a sus fallas con creces. Los personajes son magnéticos, el arco argumental es excelente, y la moraleja, literalmente, es amor.
    Conclusión: me alegra que hayas vuelto a Hogwarts. Te espero en la sala común de Ravenclaw para que nos tomemos un té junto al busto de Rowena.
    Un saludo!

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