lunes, 29 de mayo de 2017

Reseña: “Todos deberíamos ser feministas”, de Chimamanda Ngozi Adichie + reflexión + dedicatoria

A Nati, a Terco
y a Belu (otra vez y siempre)



Quiero cerrar este mes con una reseña especial.

Antes de hablar de este libro, quiero hablar un poco de mí y mi relación con el término «feminismo».

Yo nunca pude corresponder a los irrisorios modelos de masculinidad que mi ambiente social instituía desde mi infancia. No me gusta hablar de deporte, de autos y (mucho menos) de «minas». Era introvertido, evitaba relacionarme con otros chicos de mi edad y no compartía sus mismos intereses.

En mi preadolescencia tuve la inevitable desgracia de conocer a otros muchachos que empezaron a cuestionar mi sexualidad en base a mis actitudes hacia el sexo opuesto. «Julián, ¿vos sos gay?» «¿Sos puto?» «¿Nunca le miraste las tetas a J.?» «¿Por qué no te gusta el fútbol?» «¿Por qué hablás de esta forma?»

Sí, literal. Me acribillaban a preguntas todo el tiempo.

Era una época donde mi autoestima se desintegraba y reconstruía constantemente. Yo tenía que aclarar –ahora me pregunto por qué– que me atraían las mujeres. Pero las palabras no alcanzaban nunca. Entonces, empecé a adoptar actitudes impropias de mí, consciente e inconscientemente.

Intentar «encajar» en ese microuniverso que no me aceptaba.

Por fortuna, fracasé.

Las construcciones culturales de mi ambiente social avalaban (¿no debería escribirlo en tiempo presente? Avalan) un modo de comportamiento establecido por el sexismo. El machismo no es sólo la fuerza física de un puño en la cara de una mujer. Es un peligroso sistema de pensamiento que encubre y oculta una serie de problemáticas mucho más complejas. La envergadura de este sistema llega a tal punto que cualquier varón que presente un comportamiento-no-prototípicamente-masculino (pongámoslo en términos sociológicos para que suene bien), es tachado de «pollerudo», «maricón» o «puto».

Y estoy siendo suave. Muy suave.

Así, cuando empecé a notar actitudes agresivas de algunos hombres de mi entorno respecto a sus parejas femeninas, me sobresalté.

¿Actitudes agresivas? Corrijo: escenas de violencia. Varones que callaban abruptamente a sus parejas en medio de una conversación o se mofaban de ellas en público. Declaraciones misóginas y aberrantes de adultos «a los que tenía que respetar». ¿En qué momento una típica discusión de pareja deja de serlo? ¿Cuando le decís a tu cónyuge que cierre la boca? ¿Cuándo hacés el eterno chiste malo acerca de las mujeres y las tarjetas de crédito? ¿Me tengo que reír de esto o me puedo ir? 

«No quiero ser como ellos», me decía a mí mismo.

Ni siquiera pensaba en el feminismo*.

El colectivo #NiUnaMenos no modificó en absoluto mi actitud hacia los problemas de las mujeres. Al contemplar las manifestaciones a través de las pantallas de televisión, pensaba: «¡Por fin la sociedad ha abierto los ojos!» Pero era un pensamiento cobarde, vacío, fruto de la contemplación, el desinterés y la inacción. Mi reacción ante cualquier problema seguía siendo la misma: mirar hacia el otro lado y dejar que las autoridades pertinentes se hagan cargo de la situación. «Aquí se libra una batalla a favor de una causa justa, pero el feminismo no es para mí», pensaba eventualmente.

Porque sólo puede ser ejercido por las mujeres.

Los hombres están fuera de la ecuación.

O, al menos, eso era lo que pensaba.

Belén Roggiero es booktuber; en su canal, Libro, Cámara, Acción, presentó una maravillosa reseña sobre un libro que influiría gravemente en mi vida: Para acabar con Eddy Bellegueule, de Edouard Louis. Poco tiempo después de ver el video, conseguí la novela y la comencé a leer a bordo del 136 rumbo a mi trabajo, un día en que los trenes no funcionaban.

La historia de Eddy me desgarró.

Este año comencé –y aún continúo leyendo– El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Extenso, pero enriquecedor.

Hace unos días, en una librería de la calle Puán, hallé un libro que Nati, administradora de Khaleesi Geek, había reseñado: Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie.

Lo compré. Era el último tomo disponible en el local. No me tomó mucho tiempo leerlo.




Una mujer
puede ser igual de inteligente, innovadora
y creativa que un hombre. Hemos evolucionado.
En cambio,
nuestras ideas sobre el género
no han evolucionado mucho.





Ahora quiero recomendárselo a todo el mundo, y seguir leyendo el resto de la producción textual de esta autora. Porque tiene mucho para decir al mundo. A hombres y a mujeres.

Este libro es una adaptación textual de una conferencia impartida por Adichie en 2012. A través de anécdotas, recuerdos de infancia y situaciones narradas con una refrescante cuota de humor, ella explica cuál es su posición respecto a las cuestiones de género en el mundo contemporáneo y cómo estas problemáticas afectan a ambos sexos.

La preocupación principal de la oradora es desmantelar los prejuicios en torno a la palabra «feminismo». Los medios de comunicación, especialmente las redes sociales, configuran un estereotipo de feminismo encarnado en un neologismo de reciente circulación: la idea de hembrista o feminazi. Adichie no la refiere en ningún momento, pero podemos arrojar una lectura sobre la construcción de la imagen negativa de la mujer feminista a partir del discurso de esta autora.

¿Por qué la mención del feminismo está tan cargada de connotaciones negativas en nuestra sociedad? Este es uno de los principales cuestionamientos que se plantea este libro. No es el único.

Ser feminista no es solo cosa de mujeres. La lucha corresponde a ambos sexos. El machismo imperante en las sociedades contemporáneas también afecta a los varones al encerrarlos en estereotipos fijos y en modos de comportamiento que coartan su libertad de acción y pensamiento. Porque los hombres, en este modelo de sociedad, «no pueden ser sensibles» y deben ser obligadamente «el sostén de la familia». Esto, por poner unos pocos ejemplos; hay mucha tela para cortar.

No quiero extenderme más en esta reseña porque Adichie lo resume todo en un discurso sencillo, transparente y movilizador. Pero sí quiero aprovechar esta oportunidad para decir que hay que perder el miedo a la palabra feminismo.

Hay que empezar a interiorizarnos en estas cuestiones, informarnos bien, obrar responsablemente y ser críticos. Ser feminista no significa ser sexista. Se trata de visibilizar los problemas económicos, políticos y sociales que produce esta visión machista del mundo y que afectan a ambos sexos en diferentes grados y niveles.

Este artículo, mitad catarsis y mitad reseña, tiene dedicatoria. Lo cual es rarísimo porque Opiniones marginales siempre se cierra sobre sí mismo. Pero sin el blog de Khaleesi Geek, capitaneado por Nati y Terco, a quienes sigo desde hace largo rato, no me hubiera topado con la charla de Adichie. ¡Gracias a ambos! Y, por supuesto, recomendar hasta que me sangren los labios el canal de Belu (Libro, Cámara, Acción), que me abrió las puertas a lecturas maravillosas que me marcaron como lector, como escritor y como ser humano.





NOTA


*Una mentira a medias: hay al menos otros dos textos en Opiniones marginales que, si bien no se podrían considerar directamente feministas, marcan una incipiente preocupación por la violencia de género. El incidente del Boulevard Perón a las 6:30 a.m. es un poema acerca de un intento de secuestro inspirado en un caso real. Transgresiones es un relato donde se narra una pelea de perros mientras un televisor transmite la noticia de un femicidio. Ambos textos datan de 2016.

2 comentarios:

  1. ¡Hola! Interesante entrada, creo que esa violencia en las parejas esta romantizada, en gran parte gracias a los medios y cambiarlo es difícil porque a la gente les cuestan los cambios aunque sean para bien.
    Sobre el feminismo nunca lo termino de entender del todo, hay muchas ramas (no se si se llaman así) y no todas dicen lo mismo por lo que pude ver en algunas página donde se trata el tema, pero bueno espero que el libro me deje en claro algo sobre feminismo si algún día lo leo. Saludos.

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  2. ¡No sabés lo que me alegro de que lo hayas leído y que lo quieras recomendar, Juli!

    De verdad, me pone muy feliz, y me hace bien, porque no es un libro más de literatura, es un discurso que te abre todos los sentidos y te hace dar cuenta que hay algo mal y no es solo en el país en donde estás, hay algo mal en todos lados. En cada rincón del mundo. En cada callejón de las ciudades que componen el planeta. Hay que abrir los ojos de todos y despertarnos de este sueño aparentemente eterno.

    ¡Me pusiste re contenta al leer esto!
    Lamento no haber podido leer tu reseña antes, pero estoy sufriendo con la universidad. Recién hoy pude abrir blogger después de semanas.

    Te mando un beso y abrazo enorme
    Nati
    http://khaleesigeek.blogspot.com.ar/

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