Reseña: “Outlast: The Murkoff Account”, de J. T. Perry

Esta será la última de nuestra serie de reseñas de Outlast (al menos hasta que saquen una nueva entrega), pero en esta oportunidad no se trata de ningún juego, sino que un cómic que funciona como un puente (en mi opinión, construido innecesariamente) entre el primer y el segundo juego.

¿Cómo una perversa corporación logra mantener un bajo perfil y evitar que sus pecadillos lleguen a la televisión? Contratando personas como Paul Marion y Pauline Glick, los protagonistas de los seis números de Outlast: The Murkoff Account, escrita por la mano maestra detrás de la historia del videojuego y cuyas ilustraciones corren por cuenta de The Black Frog.

A diferencia de los juegos, el guión de J. T. Perry sacrifica el factor miedo y se detiene describiendo el entramado corporativo en torno a los misteriosos propósitos de la empresa que se ha hecho cargo del instituto mental de Mount Massive. Marion y Glick forman parte de una división especial de Murkoff dedicada a mantener el nivel de discreción de la compañía a toda costa. Esto implica investigar a todos los miembros del personal, hacer visitas, coordinar entrevistas, silenciar rumores, etc. Nada, ni la más mínima información, debe salir a la luz. O de lo contrario... «hay tabla».

En términos cronológicos, la historia abarca tanto sucesos que transcurrieron poco antes del incidente de Mount Massive (véase Outlast) como los hechos posteriores al mismo. Estos relatos gráficos constituyen un intersticio entre la primera y la segunda entrega del juego. Los números exploran el pasado de algunos personajes ya conocidos, a la vez que incorporan otros que cumplen una función importante dentro de la trama.

Si bien hay escenas violentas, el horror no es prioridad en este cómic. Este relato se presenta más como una base de datos bastante útil para entender cuáles son los mecanismos que han permitido a Murkoff mantenerse en pie sin levantar sospechas.

Francamente, el cómic en sí mismo no es una genialidad: adolece de un ritmo lento, se asemeja más a las historias de espionaje corporativo que tanto fascinan a los norteamericanos y la trama no se desprende lo suficiente del universo de Outlast para funcionar de forma independiente. Sí o sí hay que tener cierta información de antemano para entender la motivación de los personajes, de modo que este es un producto 100% dirigido a los «outfans».

Los protagonistas de este arco argumental de seis episodios tienen personalidades muy distintas: por un lado, Pauline Glick, una mujer escrupulosa, ruda y seria que tiene bien puesta la camiseta de la compañía y es consciente de que no puede cometer errores en un trabajo como este; por el otro, Paul Marion, un hombre que sabe demasiado poco, alguien que tiene muchas preguntas en la cabeza y que cree tener un buen motivo para hacer las cosas que hace.

Gráficamente, las viñetas están bien ejecutadas, a veces jugueteando con claroscuros o con los rasgos cubistas de los personajes. Por momentos, el estilo de las ilustraciones me remitían a 30 días de noche y a Surrogates.

Más allá de algunos detalles interesantes, el cómic me pareció muy estéril, insípido y tal vez innecesario. Si no lo leés, no te perdés de mucho. Vuelvo a decir: tenés que saber de qué va la cosa antes para disfrutarlo. Y lo subrayo otra vez: esto es para la hinchada de Outlast que tiene aguante. Los demás, abstenerse.



Próximamente les voy a preparar más reseñas, además de traerles novedades acerca del proyecto personal que corona la entrada destacada de enero. ¡Gracias por leer y nos reencontraremos en la próxima entrada de Opiniones marginales!

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