Palabras de seda bajo el puño de hierro


A raíz de cierta polémica que se armó en ciertas redes sociales y que no me corresponde a mí detallar, me parece que debemos replantearnos el lugar de los autores, los lectores y los reseñistas en los nuevos modos de recepción de las obras literarias. Pero especialmente de los autores. Digo por qué.

Con la popularidad de los bloggers y los booktubers, estos tuvieron que salir a aclarar en su momento: «No somos la nueva crítica literaria. Nuestra palabra no es sagrada.» Les dieron con un palo igual. Históricamente, las generaciones jóvenes se llevan la porción más podrida de la torta. Cuando un joven hace o dice o piensa algo... Bah, por el solo hecho de existir, ya es un problema social, ¿no?

A lo que voy...

Ellos escriben desde la subjetividad de la experiencia literaria. Lo tienen clarísimo. Se juegan el pellejo al publicar reseñar negativas. Porque hoy en día los miran con odio si dicen: «¡Esta obra es malísima!» Las redes sociales han devenido en perfectos mecanismos de fusilamiento de autoestimas, instrumentos inquisitoriales e interpersonales de persecución. La posibilidad de defenestrar al otro hasta obligarlo a cerrar la ventana se nos torna irresistible: es la seducción del bardo, es el pecado del troll, es la falta de diálogo. Tenemos la opción de callar, de dejar de seguir a un ídolo o ignorar comentarios si algo no nos gusta. ¿A qué responde la compulsión obsesiva por el insulto gratuito?

Soy y debo ser un partidario del diálogo. He tenido la fortuna de recibir comentarios impecablemente escritos acerca de mi reseña de Las ventajas de ser invisible, libro que no me gusta y que es adoración de muchos. Me gustó esa diferencia de opiniones. Me nutrió. Me sirvió para comprender otros aspectos de la novela de Chbosky y salirme de mi empecinada cerrazón.

Como autor autocrítico que soy, si alguien lee un libro escrito por mí y nota que hay un elefante en la habitación, mi primera reacción va a ser: «¡Uy, no me digas! ¡Pará que me fijo!» Sí, amo escribir. Sí, leo de todo. Empero mis cuentos, una vez que trascienden el dominio de lo privado para germinar en la tierra pública, ya no me pertenecen. Fuertísimo, pero real.

El autor es un productor de sentido: trabaja con la materia humana del lenguaje. El escritor no está aislado en una torre de marfil. Sus textos fluyen en el sistema circulatorio de las comunidades lectoras como una transfusión de sangre nueva. Hay sustancias frágiles que estallan en la bandeja de entrada bajo formas indescifrables. Las reacciones pueden ser distintas, a veces violentas. Al artista le está permitido ser violento en el arte y solo en el arte; en la vida hay normativas, sensibilidades, cordialidades y protocolos a acatar.

En estos tiempos de susceptibilidades ágiles, hay que corrernos un poco del escenario y asumir una actitud reflexiva respecto a la literatura, al lenguaje y a la sociedad. Tomarlo todo con pinzas, preocuparnos por cómo seguir leyendo o escribiendo, extraer de las operaciones críticas nuevas claves que nos permitan perfeccionar las técnicas de escritura y los modos de lectura para no dejar que el arte se nos muera. Ah, y no tomarlo tan a pecho.

La razón es el marco del ejercicio de la libertad de expresión. Cuando la libertad se vuelve violencia, es necesario mitigarla. La paz no es indiferencia, es actitud. Es la incisión del «¡Basta!», es el freno de mano y la palanca de cambio.

Me parece una verdadera tragedia que los lectores sean receptores de violencia, que la posibilidad de diálogo y construcción de sentido se nos trunque por el capricho que alguien que intenta imponer sus razones sobre las demás. Se me acelera la carrera de mi sangre al pensar cómo ciertas personas decodificarán este texto. Estoy abogando por la cordura. REIVINDICO la libertad de los jóvenes a expresar sin hipocresías ni moralinas su percepción de la literatura, sea clásica o contemporánea. REIVINDICO nuestro derecho a no sujetarnos a lo políticamente correcto, a transgredir nuestro propio lenguaje para abrigar en él la autenticidad de nuestra identidad individual y colectiva como el dragón que oculta su oro en el abismo de la cueva que el tiempo erosiona. REIVINDICO el derecho a interactuar con el texto más allá de las intromisiones de la función autor. REIVINDICO el placer de la lectura por sobre todas las cosas.

La resiliencia de esta nueva generación de lectores es formidable. Los atropella un puño de hierro y responden con palabras de seda. No aúllan, no golpean, no despotrican con la cara colorada, no se comportan como diputados enfurruñados en su partidarismo. Como reza el proverbio de un libro que amo: ellos no han olvidado el rostro de sus padres. Aún así, apenas ven venir la ola, se apresuran a pedir disculpas por sus expresiones desafortunadas, como el automovilista de Relatos salvajes atrapado en su coche de lujo. La ofensa nace en la palabra y debería morir en ella, en todo caso, no desembocar en provocación ni calumnia.

Escribo y publico esto con una tibia tristeza; una parte de mí dice «nah, no le des cabida a esto, no merece ni tus palabras» mientras que la otra quiere hablar y dejar en claro qué pienso al respecto. Ser escritor implica asumir una toma de posición respecto al uso de la propia palabra. No creo merecer el título de escritor, al menos no todavía, porque un libro publicado no me hace escritor. Es la actitud del yo ante el lenguaje. No sólo el lenguaje que encierran los libros, sino el que órbita también en el diario vivir. Y si profanamos nuestra herencia de tanto en tanto enhebrando injurias desde nuestra boca o nuestras redes sociales, si herimos lo humano desde la materia humana... ¿qué clase de autores seremos? ¿Qué clase de lenguaje creamos si sólo importan «mis» palabras y no la de «otros»?

Ya me he pronunciado.

Como dijo Poncio Pilatos: «Lo que he escrito, he escrito.»

Sigan leyendo, jóvenes.

Seamos libres de opinar.

Y cuanto a cómo recibir la crítica con actitud crítica, un hermosísimo consejo de Rebecca Sugar, creadora de Steven Universe, que, como diría mi mejor amiga, es la gloria:



Para tenerlo en cuenta... ¡grande, Sugar!

Comentarios

  1. Hermosas palabras Julián. Gracias por expresar y dejar tu granito de arena sobre el asunto. Porque así como empezó como un simple comentario a una o dos personas, todo se transgiversó y se generalizó, afectando a muchos chicos más que no tenían nada que ver. Ayer lo estuve hablando con unos chicos y algunos autores y me ayudaron a comprender algo que en parte sabía y otras no (como el movimiento editorial): SI BIEN NUESTRAS OPINIONES SON SUBJETIVAS, CUANDO UN LIBRO ENTRA A UNA EDITORIAL, EN PARTE, EL LIBRO DEJA DE SER TUYO PARA QUE SEAN DE ELLOS, PASANDO DE LO PRIVADO A LO PÚBLICO. EL JUEGO EDITORIAL ES ASÍ, UNA VEZ DENTRO, LA PARTE QUE SIGUE SON LAS CRÍTICAS Y ACÁ ES DONDE MUCHOS AUTORES NO ENTIENDEN COMO JUGAR.
    Saludos Cinéfilos =)

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