Reseña: “Solitùdine”, de Dafne Mociulsky




«A veces escribo algo,
como ahora, y me entretengo.
Me olvido de mis cosas.
Aunque a veces mis complejos 
también se cuelan
hasta en lo que escribo.»





No creo poder expresar lo mucho que disfruté este libro. Mi escritura sublima la realidad, triturándola en metáforas. Incurro en la fantasía y en la parábola. No así Dafne Mociulsky, nombre de peso en los circuitos artísticos, catalizadora de una escritura audaz que se resiste a la seguridad de lo tradicional. Que Solitùdine dialogue con dramas contemporáneos, que haga llover un retrato de colores locales en el rostro del lector, es una cualidad y una virtud de Mociulsky. Ella supo escribir un tiempo a través de la voz de una niña que crece. Y crecer duele.

No me parece digno rebajar la trama a mera glosa; prefiero que los lectores la busquen, la hallen, la juzguen por su cuenta. Esta novela medra en circuitos independientes, en las orillas del mainstream. Hay puteadas, hay introspecciones tenaces, hay zonas de experimentación donde la narración se trenza en juegos de voces y formas, hay una alternancia loable de formatos, hay referencias continuas pero indispensables a obras literarias...

En los laberintos del procedimiento, el mérito de Mociulsky es el de haber ensamblado palabras hasta construir con eficacia y terrible honestidad un drama que no se somete a la trampa fácil del final feliz. La importancia de la espiritualidad, la necesidad de escribir aún cuando la narración se torna digresión incontenible, el racismo recalcitrante de la sociedad argentina, la eclosión sexual en los vaivenes de la preadolescencia y la inocencia de esta niña que se da nombre a sí misma robándole sílabas a la lengua italiana son los notorios ingredientes de esta novela. Si peco de omisión, es porque estas páginas me desbordaron, me superaron, me agarraron desprevenido. Escribo como puedo esta reseña, obedeciendo más al instinto que a la razón.

Este comentario será tal vez la única constancia de que he leído un libro que ya ha tocado centenares de ojos (la mía es una reedición de 2012). Yo, rezagado, ulterior, soy el último de la habitación que apaga la luz. ¿Qué decir cuando todo ha sido dicho?

Que Solitùdine es una novela personalísima, intimista, desafiante, visceral, que nos exhorta a desatarnos los prejuicios y arrojarlos a la basura, que ofrendemos más de nosotros mismos a la vida, que no hay que renunciar a la búsqueda de la plenitud, qué más da si nos lleva o no a ese estado de la consciencia que nosotros hemos dado en llamar felicidad.

Tal vez mi lectura no se corresponda con las intenciones públicas y secretas de la autora, que supo dar vida a un libro con impronta propia. No hay vueltas que darle. Me basta decir que esta novela existe, que forma parte de mi biblioteca y que la he leído.




ACERCA DE LA AUTORA
Dafne Mociulsky nació en 1978.
Es poeta, cuentista, novelista y directora de Duniashka Ediciones,
editorial artesanal, cartonera e itinerante de América Latina y el mundo.
Es participante de la FLIA (Feria del Libro Independiente y Autogestivo) desde sus orígenes.

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