Dádiva


—¿Para regalo?
—Sí, pero me lo llevo así nomás.
Salió del local con el libro en la bolsa, descendió las escaleras, cruzó un molinete y esperó el subte que lo llevaría hasta Pueyrredón. Un hombre de rasgos orientales se le arrimó y lo miró con cierto recelo.
—Usted es el escritor —dijo.
El joven suspiró.
—Sos uno de mis personajes, ¿verdad?
—Probablemente mi nombre no te diga nada. Soy un genio libre. Quiero que oigas mi historia.
—Pará que me fijo si no hay nadie más acá. Perfecto. Contame.
—Por voluntad de Alá, mi espíritu quedó atrapado en una lámpara que cayó en manos de un narrador de historias. Le concedí tres deseos.
—¿Qué pidió?
—Primero, una imaginación infinita. Al obtenerla, se volvió loco. En su locura, pidió una varita mágica. Un objeto inútil ya que solo puede ser utilizado por seres mágicos.
—¿Y cuál fue el tercer deseo?
—Mi libertad.
El escritor bajó la mirada, como si conociera de antemano el fin del relato.
—El narrador de historias me pidió que utilizara la varita para matarlo y poner fin a su sufrimiento.
—¿Lo hiciste?
El genio no respondió.
Desde las profundidades del túnel se oyó un rumor de rieles. El escritor se acercó al borde del andén y el genio lo siguió.
—¿Qué es lo que traes allí, padre mío?
—Un libro. Bueno... no es exactamente un libro.
—¿Y qué harás con él?
—No sé. Tal vez lo regale. Cuando cometo una mala acción, debo compensarla con una buena.
—¿Qué cosa terrible has hecho?
—Matarte.
El escritor lo empujó a las vías. El subte lo chocó. El rostro del asesino quedó salpicado de tinta. Cuando las puertas de los vagones se abrieron, nadie notó la sangre negra que corría por su cara y que solo él podía ver.

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