Liebres


Un día, el mundo te vio caer.
No sabía que perseguías a las hembras, pero desde la ventana todas las liebres me parecen iguales. Me duele un poco confesar que no me interesaste tanto hasta que papá me habló de los conejos ahorcados en los bordes de la aldea: colgados de los árboles y con las patas en el aire. Chou era el que los revisaba, para ver si eran machos o hembras.
—¿Y eso es importante? —pregunté.
Chou me dijo que sí, porque aunque todas las liebres fueran iguales, algunas corrían más peligro que otras. Sí, había otras amenazas: lobos, zorros, serpientes en la hierba. El monstruo no me preocupaba, pero de vez en cuando les pedía a mis ancestros que lo capturaran, porque a veces, al filo del camino, veías una liebre destrozada y llorabas de rabia.
A veces se amontonaban en las plazas y correteaban de acá para allá, como si intentaran llamar la atención. Tal vez nos estaban pidiendo ayuda, pero no quisimos oírlas y las empujamos con palabras fuertes hacia el bosque otra vez, donde morían todo el tiempo.
No fue la mano del hombre la que te mató. No fue nuestro mérito, y no tenía por qué serlo. Ahora vivimos haciéndonos preguntas todo el tiempo; el bosque, en el auge de su verdor y ante la indiferencia de la aldea, impuso su propio orden.
Cuando caíste, hubo un temblor. Yo, que ni siquiera quiero salir al patio, corrí hasta el barranco donde las liebres te emboscaron. Te moriste lentamente, arrojando tus tentáculos al aire, tratando de aferrarte a algo sólido, una roca, lo que sea.
No sé si estoy haciendo bien o mal al contar esta historia. Deberían contarla las liebres. Chou las dibuja en los bordes de las páginas de su cuaderno: gordas y flacas, altas y bajas, chicas y grandes, todas hermosas, corriendo libres con el pelaje seco y la carne intacta.

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