Reseña: Bird Box





Pocos filmes han dividido tanto a la audiencia (al menos en Netflix) como Bird Box, adaptación de la novela homónima de Josh Malerman publicada en 2014, cuya dirección corre por cuenta de Susanne Bier. Algunos la desdeñan por sus similitudes argumentales con otras películas y la falta de triquiñuelas perniciosas y giros de tuerca; otros celebran la atrapante atmósfera de tensión que logra mantener hasta el final. Yo soy de los segundos, pero no refuto las críticas de los primeros. Bird Box es una buena peli, muy buena, cuatro estrellas sobre cinco, si me pidieran una puntuación. Justifico por qué.

Primero, porque narra un relato apocalíptico bajo el imperio de la verosimilitud. Con un elenco de personajes con personalidades tan diferentes, ante circunstancias tan extraordinarias, el vínculo conflictivo entre los supervivientes y las decisiones que toman son cruciales para el desarrollo de la trama. No hay relleno, salvo dos personajes que me parecieron irritantes y totalmente prescindibles. Literalmente, uno puede sentir en la pantalla a esos completos desconocidos que están unidos por la tragedia y que sin embargo no entablan lazos felices el uno con el otro. No de forma inmediata. Y en eso Bird Box les mueve un poco el piso a algunas de sus precedentes hollywoodenses, no a todas, pero sí a unas cuantas.

Segundo, la exigencia actoral. Tal vez los antagonistas, cuya naturaleza es desconocida e incierta, no sean los más originales del cine: la cámara no los registra. La única forma de descifrar las dimensiones del horror es a través de las caras de las personas que los ven antes de la muerte. ¡Y Dios, qué caras! Los testigos del horror se transforman en un segundo ante la sola visión del peor miedo. El terror se les mete tan de repente por los ojos que te impresiona, más allá de la historia en sí. No están fingiendo que sienten miedo: lo sienten y te lo hacen sentir a vos también. Ante una trama donde el monstruo no tiene cuerpo, donde el actor tiene que poner a prueba su capacidad facial junto con el espectro de la imaginación, uno tiene que ponerse de pie y pedirle a cada aspirante a protagonista de peli de terror que miren este filme y hagan de ella una clase de expresión. La expresividad acá lo es todo, y es eso lo que te mete miedo, no tanto el monstruo en sí sino lo que produce en ti.

Estos dos son los mayores puntos fuertes de Bird Box. Aunque está narrada en dos líneas temporales alternando flashbacks, la trama es lineal. Hay principio, nudo y desenlace. Francamente, el final no es lo más desopilante, y si uno pasa revista a todo lo ocurrido anteriormente, era previsible.

Si uno la mira pensando «Ah, pero se parece a tal peli», como sucedió con muchísimos espectadores, uno no la disfruta como la disfruté yo, que la miré para ver qué onda y me sorprendió una Sandra Bullock distinta que tal vez no está en su zona de confort actoral con un género de semejantes dimensiones pero que ejecuta su papel con dignidad. En serio, si no la ves porque la actriz no te gusta, te estás perdiendo una joyita de mediatarde, algo que vale la pena ver aunque dure dos horitas y te entretiene. Y si no la ves por ella, hacelo por John Malkovich, que encarna al superviviente más escéptico, misántropo y pesimista que hay, y que a pesar de que dice que todos nos vamos a morir y que cada quien cuida su propio pellejo, llegás a tener algo de empatía por él porque tiene la posta en cuanto a lo que significa flotar en el fin del mundo.

En conclusión, Bird Box es una historia postapocalíptica que nos invita a reflexionar sobre el horror de lo indecible, lo invisible y lo indefinible en clave fantástica, y cómo la condición humana reacciona y se adapta ante las nuevas formas de terror que irrumpen en el orden de lo real.


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