Memoria amarilla


Antes de sentir los dientes de su propio caballo hundirse en los bordes de su cara, le llegó el aroma del cargamento de limones que abandonó después de matar a la mujer de la parada del colectivo. Fue un accidente. Un exceso de fuerza en el lomo reventado del corcel clandestino; el animal abrió los ojos como si hubiera vuelto a nacer, se encabritó, lanzó una patada instintiva y el conductor perdió el control.
El carro volcó y la mató en el acto. El hombre huyó. Abandonó a su esclavo. Llegó a la casilla. Durmió. Tal vez soñó. El caballo, bajo el designio de un dios desconocido, penetró en la habitación, abrió la boca y arrojó sus dientes alrededor del rostro de su amo.
Al oír el crujido de sus propias sienes rotas, el hombre se acordó de un limonero de su infancia que coronaba una esquina y de las ramitas caídas que tronaban bajo sus pies descalzos.

Alabado sea Dios,
porque permite que los pobres
se coman a sus pobres.

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