Reseña: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez


«Muchos años después,
frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía
había de recordar aquella tarde remota
en que su padre lo llevó a conocer el hielo.»





El último libro del 2018 y la primera reseña del 2019. «El Quijote de nuestro tiempo» según Neruda. Una obra monumental de la literatura latinoamericana que ha trascendido a la biblioteca universal. El retrato de una genealogía y un pueblo desde la cuna hasta la tumba, una reflexión sostenida sobre las soledades humanas, una metáfora viva de la condición mortal en todas sus implicancias y el ejercicio más representativo del realismo mágico en todo su esplendor. La pluma de Márquez exige desde el primer instante un compromiso activo de la imaginación del lector; una travesía literaria no apta para distraídos. Los primeros capítulos se dejan leer con relativa facilidad, hasta que las generaciones de la familia se doblan y uno se pierde en el tiempo circular de la narración, en construcciones sintácticas prolongadas y en la multiplicación de nombres idénticos. Hacia la mitad del libro es tarde para echarse atrás; abandonar la lectura significa evanescerse en el camino hacia la comprensión total del destino de Macondo. Uno se deja herir por las espinas del clásico porque la historia es hermosa y trágica, aunque algunas actitudes de ciertos personajes parecen intolerables.

En los tiempos contemporáneos, la naturalidad con la que los personajes masculinos imponen su voluntad de deseo sobre las mujeres produce resquemores. En este caso, recordémonos que Márquez nació y murió en un mundo violento, familiar y convulsionado por las armas. Cien años de soledad no pudo haber sido escrita antes o después. Macondo, vértebra inamovible en la espina dorsal del continente, es sinécdoque de una historia y de todas las historias: sus pájaros son todos los pájaros, sus calles son todas las calles, sus guerras e inundaciones son el eco de todas las historias ya vividas por todos los hombres desde tiempos inmemoriales.

No puedo decir más de lo que ya he dicho, que es nada. Hay advertencias que son imprescindibles. La longitud del arco familiar de los Buendía, los juegos circulares con el tiempo, las metáforas exhaustivas, los simbolismos sutilísimos, los acontecimientos inexplicables que requieren fácil aceptación, los nombres entremezclados, pueden desorientar al lector desprevenido. Armarse de paciencia y de solemnidad para deleitarse en este manjar colombiano. Paciencia es todo lo que se necesita para amar a los mortales y leer un libro inolvidable.


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