Reseña: “El alquimista”, de Paulo Coelho





Cuando quieres una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla.





Finalmente, he leído a Paulo Coelho.

Mi veredicto: no es un mal escritor. Tampoco es un buen escritor. No es un escritor. O al menos no logra que lo llame así con esta novela.

Desde la primera página de El alquimista, la obra que lo catapultó a la fama internacional, se presenta una voz que no está interesada en contar historias sino en cantar verdades, lo que lo convierte más en un gurú que en un narrador de historias. Lo que es una lástima, porque en esta novela hay potencialidad. Me explico: se le reprocha una simplicidad previsible, pero todos los cuentos de hadas con los que muchos hemos crecido gozan de dicha simplicidad. Principio, nudo, desenlace. El clásico periplo del héroe. En esta historia hay alguien que busca algo. La escritura de Coelho debió narrar esa búsqueda; lamentablemente, no lo hace. Prefiere entretener al lector con lecciones de vida que, al menos hoy, son inaplicables a todos los mortales.

Una vez aceptado el hecho de que Coelho no es escritor, todos los pecados que encierra la novela pueden ser perdonados.

La virtud fundamental de esta novela es la facilidad con la que se deja leer. El principal obstáculo que entorpece su recepción es el exceso de causalidad, que desborda los límites de la parábola, género que Coelho plagia más que imitar. Hay extractos indiscretos de la Biblia, reproducidos sin variaciones, que se trenzan con alquimias, proverbios y esoterismos, en una mixtura con resabios de new age. Hay, en Coelho, una abolición del pensamiento crítico, una anulación de la incertidumbre y una despreocupación tanto por la lengua como por la condición humana.

El alquimista es un monumento a la pobreza de estilo. En detrimento de sus limitaciones literarias, su rotundo éxito en Latinoamérica y el resto del mundo nos obliga a replantearnos bajo qué sistema de predilecciones y estímulos selecciona sus volúmenes el lector promedio. Como dispositivo de autorreflexión, el libro cumple con su cometido; no se le puede pedir oro al que no tiene, hay que tomarle la palabra a Coelho cuando dice que la historia ya estaba escrita en su corazón... al igual que en Las Mil y una noches y en cierto cuento de Borges, lector declarado de Las Mil y Una Noches y homenajeador serial de sus traducciones.

El desperdicio de tiempo no ha sido total. Leer El alquimista es cruzar la puerta ancha a la producción textual de un hombre polémico que sigue suscitando incomodidades, admiraciones y odios. En lo que a mí respecta, no puedo llamarlo escritor. Ni siquiera un hacedor de parábolas. La del alquimista es una parábola agonizante saturada de frases memorables que no se corresponden con la condición mortal que nos aprieta la garganta en tiempos de guerra y paz. De este libro atesoraré dos ínfimos pasajes: la del Mercader de Cristales, consciente de la finitud y de lo baladí que puede ser el deseo, y la del general que quiere ver a un hombre hacerse viento.

El resto de la obra es perfectamente olvidable. Por supuesto, el lector puede discrepar conmigo y ponerse a prueba con esta historia; no niego que pueda maravillarlo, niego que sea la joya universal que todo el mundo dice que es. Que otros lectores valoren su contenido; yo me resigno a señalar las limitaciones de sus procedimientos. Tal vez, en un futuro próximo o en alguna tarde muerta, lea una de sus obras posteriores.

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