Umbrales


Sombra Azul terminó en un manicomio.
Aquel superhéroe que salvo a tantas personas no pudo librarse de su demencia. Aunque podía atravesar las paredes, la idea de una fuga era inconcebible. ¿Qué mortal puede huir de su destino? Ni el poder ni la gloria anulan la locura irrevocable.
A veces oía voces.
Hombres que no pudo rescatar, mujeres que no pudo salvar. Niños que murieron ante sus ojos. Todos gritando al mismo tiempo una y otra vez: ¡Ayuda!
A pesar de las voces, él no se movía. Porque sabía que estaban muertos.
Sin embargo, en medio de esa vorágine de aullidos imaginarios, había alguien vivo. Alguien real. No era precisamente un amigo, pero le hizo compañía una larga temporada en ese pálido infierno.
Una noche, el exhéroe soñó con una puerta en medio de la celda. Aunque no la había tocado, la puerta se abrió. En vez de dar a la nada misma, el umbral lo comunicaba con una habitación muy distinta a las del sanatorio.
Era una pieza común y corriente. Vio tres camas, dos armarios, una computadora, un escritorio y una biblioteca. En aquel otro mundo era de día; el sol penetraba a través de una ventana anegada de barrotes. Sombra Azul estaba absorto. En un momento, la imagen del umbral cambió de perspectiva, como si se tratara de una cámara. Vio un par de manos agarrando un libro de tapas azules. Vio el sordo aleteo de unas páginas. Vio el título de un relato: Invulnerable. Alcanzó a leer unas líneas. Los primeros párrafos lo azoraron: la trama describía la irrupción de un justiciero encapuchado en un colegio vacío. El protagonista no era otro sino el mismo Sombra Azul, que estaba a punto de enfrentar a Lorelei «Plim» Pirandello, la antagonista del cuento. El soñador no pudo soportar verse a sí mismo en esa ficción y despertó.
No hubo voces durante la vigilia. Los celadores, que se habían resignado a observar su inmovilidad desde la mirilla de la puerta infranqueable, se asustaron al comprobar que el paciente notaba sus existencias y les dirigía la palabra. El aislamiento había producido un efecto positivo en el exhéroe, que comió y bebió hasta saciarse. Conversó con un psiquiatra, habló con cautela y lucidez; como lo había hecho desde el principio de la internación, rechazó todo tratamiento farmacológico. La soledad, lejos de derrumbarlo, le dio tiempo para pensar. Por primera vez en largos meses, los que velaban por su cordura tuvieron alguna esperanza.
Cayó la noche. Sombra Azul estaba tan ansioso que temió no poder dormir. Se impuso a sí mismo el deber de tranquilizarse; una vez que la calma terminó de reinar en él, volvió a soñar. La misma puerta apareció en el mismo lugar. Esta vez, debía prestar atención a todos los detalles al alcance de su ojo.
Parecía que la visión se reanudaba en el punto donde se había interrumpido. El lector del otro mundo cerró el libro; Sombra vio el título (Como ondas en el agua) y el nombre del autor: Julián Contreras. Desde algún rincón de la pieza asomaban los acordes de una guitarra. La canción provenía de los parlantes de la computadora. El observador advirtió, acaso por primera vez, la sonorización del sueño.
El umbral mostró la habitación desde otra perspectiva y al cabo de un rato le fue dado a Sombra Azul el don de recorrer otros rincones de la casa del lector. En la visión aparecieron otros seres humanos e incluso un perro, al que alguien del otro lado de la puerta había bautizado con el nombre de Pancho. Aquel no era el hogar de una familia de clase alta; Sombra Azul, hijo de un matrimonio de los suburbios del Conurbano, se sintió sobrecogido ante semejantes escenas.
La visión del umbral se detuvo en un espejo y el exhéroe vio un rostro que no era suyo en él. «La puerta es la mirada del otro», reflexionó. Casi no pudo resistir la tentación de comunicarse con el lector...
Al día siguiente, la celda de Sombra Azul estaba vacía. La institución, para preservar su prestigio, no hizo denuncias ni inquisiciones. El paciente casi no recibía visitas y el mundo lo había olvidado. Nadie añora lo que siempre estuvo ausente.

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