Ligeramente mejor


—Espero que encuentres lo que estás buscando —dijo Norma.
No dijo chau. No dijo adiós. No hubo lágrimas. Solo siete palabras y diez dedos de mujer que se aferraban a la carterita negra que ella llevó a la estación de Once. Se abrieron las puertas y entré; pocas personas viajaban en el Sarmiento desde el inicio de la pandemia. Nadie sabía bien qué era o de qué se trataba; incluso los síntomas variaban en cada uno de los casos. A mí no me preocupaba.
Avancé a través de los vagones para ocupar un asiento junto a una ventana en la que no tuviera que ver a Norma despidiéndome en el andén. El tren estaba casi vacío. Por fin me detuve en el primer vagón de la formación. No había nadie en la cabina del conductor. Los maquinistas habían sido sustituidos por computadoras inteligentes.
Apoyo mi cabeza contra el cristal de la ventana y duermo. Mientras tanto, Norma se aleja de la estación para tomar un subte. Un guitarrista que toca en una de las estaciones subterráneas es detenido por dos policías. Los policías también eran robots.
Norma ve cómo el músico intenta conversar con las máquinas. Una de ellas saca un arma y dispara a la cabeza.
Ella me cuenta la historia por celular, poco después de recibir un mensaje mío que indicaba que había llegado a Merlo.
—¿Estás bien?
—Sí, Norma. Estoy bien. Sabés que esta es la última vez que vas a escuchar mi voz, ¿verdad?
—Sí, lo sé.
—¿Y qué sentís? —pregunté morbosamente.
—Nada. No siento nada.
—Eso es bueno —mentí—. Mejor que no sientas nada.
—Vos no volvés más, ¿verdad?
—Sí, casi seguro que sí.
—¿Nunca más?
—Nunca más.
Dormí en un hotel esa noche. La habitación era azul. Todas las habitaciones lo eran. He tenido mucho tiempo para inspeccionarlas una por una. No puedo salir del hotel. Todo lo que existía más allá de las puertas de entrada ha desaparecido.
Desperté. Salí del cuarto. La recepción estaba vacía. Atravesé las puertas y todo estaba blanco. Intenté comunicarme con Norma. Nada. El personal del hotel también había desaparecido. Pensé que estaba soñando, que había enloquecido, que la realidad estaba conspirando contra mí para evitar que llegara hacia mi destino final.
El Fin del Mundo ocurrió mientras dormía. No hay otra explicación. Después de haber esperado varios días aguardando a que alguien o algo restableciera el curso natural de las cosas, decidí saltar por la ventana hacia la blancura del nuevo mundo y ver lo que sucedía.
Nada. Caigo a un vacío que no se acaba y mi cuerpo no impacta contra ninguna superficie. La caída es tan infinita como la locura que me come segundo a segundo. Pienso en Norma, en el guitarrista del subte, en los policías robots. Pienso que el mundo es nada y yo soy el único que le da sentido a esa nada.
Entonces, cierro los ojos –todo se vuelve negro– e imagino que soy ese guitarrista. Los policías me detienen, me acorralan, me apuntan con un arma.
—¡Alto! ¡Él viene conmigo! —grita una voz de mujer.
Los robots detienen sus movimientos. No pueden ejecutar a un detenido si hay alguien que lo acompaña. Ésas son las directivas. Entonces, el guitarrista y la mujer quedan detenidos. Norma me salva la vida.
Esta Norma, la Norma que llevó a cabo una acción que nunca realizó, es mucho más real para mí que la Norma que me llamó por teléfono para contarme cómo murió un pobre tipo.
Me gusta mucho esta nueva Norma, pero no puedo amarla. Porque no existe. Lo único que puedo hacer es abrir los ojos, respirar un poco de nada blanca y seguir imaginando un mundo mejor.
Ligeramente mejor.

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