Reseña: “Una vuelta al cielo”, de Adriana Cloudy






El alma necesita sentir culpa, por eso es mejor vivir y olvidar.





Escribo desde la honestidad. Pero también desde la razón. Una vuelta al cielo me deparó sorpresas agradables y peculiaridades que no puedo pasar por alto. No ignoro las circunstancias polémicas que lo rodean. Mi pretensión no es herir susceptibilidades ni incurrir en obsecuencias. He tenido ya una primera aproximación a la obra de Cloudy como bloguera. La ficción exige otras competencias, otros parámetros y niveles de examen. De modo que en este texto me extralimito a hablar del libro, de qué elementos vi en él y cómo lo leí. Y si hay un tono de crítica, es meramente hacia la forma textual.

Ahora sí, desvistámonos de tecnicismos y formalidades. Desnudemos el alma a franqueza abierta.

Honestamente, no esperaba una novela imbricada ni rimbombante, a pesar de que este título se haya consagrado como ganador del Concurso de Narrativa Juvenil de la Editorial Del Nuevo Extremo. Juzgué (prejuzgué sería un término más justo y atroz) su consagración a que el material era dinámico y accesible a un público masivo, requisito indispensable del género. Lo que significaba que Una vuelta al cielo estaba tal vez espurio de las ampulosas triquiñuelas experimentales que siembran extrañamientos la lectura, como el artificio de una jerga inventada en La naranja mecánica de Burgess. Descubrí que no, que Cloudy introdujo transgresiones interesantes en el texto, pero que a pesar de ello la novela me seguía pareciendo legible.

Con el libro en la mano, advertí que su breve extensión prescindía de brindar detalles exhaustivos acerca del conjetural futuro de 2092. No se nos precisa cómo SOMA (Sociedad de Observación para el Movimiento de Abstracción) se consolidó como una empresa privada hegemónica que controla uno de los aspectos más importantes de la sociedad futurista: la comunicación controlada con individuos del pasado. Se nos dice que este contacto con los «emocionales» encubre otros propósitos de investigación para los científicos de la institución. Los participantes de dicha experiencia digital ofician también de espías, aunque ellos tampoco saben exactamente qué están espiando. El personaje de Adrian Smith —¡los Smiths me hicieron pensar tanto en Matrix!— nos aclara que estas telecomunicaciones tienen la finalidad de evitar fallas temporales que podrían peligrar la existencia misma de aquel futuro.

En principio, el argumento de Smith no tiene sentido. Es como si dijera que para evitar que la Historia cambie de curso haya que viajar al pasado para vigilarlo. Por fuerza lógica, hay más probabilidades de alterar la Historia viajando a través del tiempo que sin viajar. (Algo análogo acontece con la celebérrima El sonido del trueno, de Bradbury: el error no es cometer un error en el viaje en el tiempo, sino el viaje mismo es el pecado mayor.) El final resuelve más o menos la contradicción y la historia cierra en una redondez tolerable. Pero la trama arranca desde el primer capítulo con una paradoja que amenaza con comerse la coherencia del argumento y Cloudy se ve obligada a escribir el relato caminando por una cuerda floja.

Entonces, en vez de endurecer las exactas vértebras de la ciencia, apoya todo el peso del mundo en la relación que Nine/Nube establece con un «emocional» de 2013 llamado Zang. Sí, el argumento sacrifica el cordero del rigor científico en el altar de las pasiones, y el camino queda expedito al romance prometido. La lectura de esta obra implica asumir una verdad desde la primera página: la ciencia detrás del relato no está muy desarrollada. A la voz narradora no le importa en absoluto convencernos de la verosimilitud de su mundo, sino relatar la profundidad de su pena. Esa falta de persuasión, esa nebulosidad de fondo, nos provoca la inequívoca impresión de que hay cosas que no nos están quedando muy claras. Para disfrutar correctamente Una vuelta al cielo en la medida en la que su trama lo permita, hay que cambiar nuestras expectativas para no decepcionarnos demasiado.

Enfoquémonos en los personajes.

Nine es una MT (Media Temporal): un individuo que debido a una falla genética tiene una esperanza de vida y un período de envejecimiento mucho más breve que el resto de la población. Como compensación por la brevedad de su existencia, el Estado le concede la posibilidad de consumar un último deseo. El de Nine —en realidad, el de Nube, una de sus personalidades— es enamorarse.

Dos observaciones: en primer lugar, todos los ciudadanos del futuro padecen una variedad de esquizofrenia que en verdad se asemeja más al trastorno de la personalidad múltiple; el consumo de psicofármacos forma parte de la vida cotidiana de las personas del futuro. La protagonista lidia con nueve personalidades, de las cuales sólo se nos describe con detalle dos: Nine y Nube. La narración conmina a las otras siete a un anonimato que no pocos lectores lamentaron. A medida que avanza la historia, las personalidades protagónicas se tornan dominantes en el campo de sus pensamientos, desplazando a las otras. Semejante a una Guerra Fría que relega los países minoritarios a último plano, esos dos nombres con N se disputan los cauces nerviosos del territorio cerebral.

Lo segundo: aunque se nos dice que las gentes del futuro no tienen emociones, ellos pueden enojarse, entristecerse o frustrarse. Una imprecisión que puede solventarse con la siguiente relectura: sería posible afirmar que en el futuro ficticio de Una vuelta al cielo, tanto el espectro emocional como la facultad de empatía se ha estrechado a favor de un sistema nervioso capaz de mantener el funcionamiento de los órganos vitales de los individuos durante más tiempo. Por alguna razón, los del futuro han prescindido de la imaginación, la creatividad y la ensoñación. Paradójicamente, la narradora misma contraviene esta afirmación desde el primer capítulo, cuando afirma:

«Mi mundo se reduce a mi habitación; normalmente escenario de un caos, con ropa tirada y entremezclada con juguetes de peluche; pilas de revistas; torres de libros y videos de películas.» (pág. 9)

Un sujeto que tiene una gran cantidad de material textual y audiovisual en su espacio privado presupone una personalidad familiarizada con los artificios del lenguaje y sus usos creativos. (Ulteriormente, citará a Emily Dickinson, aunque no se nos aclara si el fragmento que cita fue resultado de su contacto con la cultura del pasado, como la música que empieza a escuchar.) No especifica si se trata de libros médicos o novelas de ficción, revistas médicas o culturales. Lo que es indiscutible es que Nine ya tuvo contacto previo con una forma creativa del lenguaje, o al menos con formas específicas de retórica donde el lenguaje no refiere conceptos absolutamente objetivos ni concretos. Los comentarios sarcásticos de Alessandra, por ejemplo, también constituyen otra forma de creatividad. Como diría el padre de Jonas en El dador de recuerdos, de Lois Lowry: «¡Precisión del lenguaje, por favor!» La creatividad en el futuro está extinta, pero: ¿en qué sentido? ¿Parcial, total?

Un poquito más de especificidad de términos —cuando se juega bajo las normas de la ciencia ficción, ningún signo puede ser arbitrario (¡ay, sonó tan Saussure eso; el estudiante de Letras se me filtra entre líneas!)— habría redondeado más los conceptos con los que juega la trama y la historia hubiese tenido una consistencia más convincente. Analizo las definiciones que manejan los personajes del futuro en Una vuelta al cielo desde otro ejemplo. Los replicantes, los seres artificiales humaniformes de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, por ejemplo, pueden expresar emociones rudimentarias e incluso sentirse ofendidos cuando alguien cuestiona si son humanos o no, pero cuando se les realizan determinadas pruebas, se descubre que carecen de una cualidad específicamente humana (la empatía) y se les desnuda toda su artificialidad.

Yo sugiero (re)leer la obra de Cloudy bajo estos códigos: Nine no es humana, no es una homo sapiens sapiens con todas las letras, es un ser orgánico creado en condiciones artificiales (por más que se trate de una fecundación in vitro, hay una manipulación de los gametos) y poseedor de una mente escindida que carece de la cualidad intrínseca del amor. Como el Bernard Marx de Un mundo feliz de Huxley, la contingencia de un error de cálculo, un accidente genético, la posiciona en una zona marginal en la utópica sociedad del futuro y es consciente de que es un eslabón débil de la comunidad. La curiosidad por aprehender lo que es el amor tal vez la redima de su existencia accidental. Amar, un acto tan extraño y anómalo en su cultura, es su único propósito, es lo único que le da sentido a esa existencia que también es error.

Sí, el vínculo que establece Nube con Zang tiene matices obsesivos, tóxicos y ultradependientes. La vida de Nine se juega entera en ese último naipe. Acá destella una idea atractiva: el amor como destrucción de la carne. En el sentido más literal de la palabra. Los efectos físicos del amor inciden en el estado mental y corporal de Nine. La escritura de Cloudy es escueta y secular; no pretendo evangelizarla. Sin embargo, en términos históricos y culturales, heredamos del cristianismo dominante la noción de que nuestra carne, portadora del pecado original, es abominable a los ojos de Dios y a los de sus hijos. El primer capítulo marca la percepción del territorio corporal cuando Nine nos dice: «El resto de mi ser puedo resumirlo en un renglón: me odio [...] Mi cuerpo también me odia...». La conclusión es simple: morirá antes que los demás. Entonces, con este razonamiento como punto de partida, mortifiquemos la carne para elevar nuestro espíritu, arriesguemos la salud en la mesa de las apuestas para ganar un poco de afecto. Entreguemos el soma (cuerpo) a SOMA para exaltar la esencia.

El amor redime, pero no salva. Tal vez los lectores, tal vez la propia autora, descrea de mi hipótesis y objeten que Una vuelta al cielo es un canto al amor a pesar del sufrimiento. Pero observo lo contrario. El amor es sufrimiento. Esta es la piedra angular de mi modo de lectura, la conclusión inevitable del lenguaje enjaulado en sus páginas. El carácter idílico de la tradición romántica entra en crisis con la exposición de los cuerpos. Como Píramo y Tisbe, Zang y Nube se atisban en una grieta digital sin tocarse, a través del muro del tiempo. Las normativas de SOMA y sus dispositivos de vigilancia evitan que Nube le revele la verdad; una mínima insinuación desembocaría en una desconexión inmediata. Los amantes se gritan virtualmente desde las orillas del pasado y las arenas del futuro. No hay puentes posibles: la construcción de uno pondría en riesgo la utopía y el tiempo.

Zang, a pesar de su importancia, es una figura pasiva de la cual se nos relevan poquísimos datos; básicamente, es la voz de Nine/Nube la que hace todo el trabajo. Es el yo fragmentado de la(s) protagonista(s) el que se autoconfigura como el Amor de Zang («yo soy su Nube»). A veces no se sabe si es Nine o Nube la que habla. A algunos les pareció confuso; esa confusión me pareció genial. Atrapada en esa espiral autodestructiva, las personalidades escindidas se desmoronan. El individuo dividido se unifica dolorosamente; la conciliación de los pedazos divididos en una unidad muriente pero humanizada. Y Nine/Nube, enjugada en el amor a un varón que podría ser cualquier hombre o todos los hombres, se nos hace mártir para la causa de SOMA.

Alessandra es el contrapunto de Nine. Una LT opositora a SOMA que se afilia a una contracultura motoquera y participa en manifestaciones contra la organización. A pesar de sus convicciones, trata con poca condescendencia a Nine (esa falta de empatía dickiana ya identificada); sus códigos éticos se basan en la razón (a Kant le gusta esto). Alessandra está en desacuerdo con el uso del movimiento de abstracción por cuestiones políticas. Un personaje combativo con ideales nobles que no puede entender a las personas que intenta ayudar. El imperativo categórico en esta sociedad utópica no está tan copado, ¿viste, Immanuel?

En esta comunidad individualista de humanos artificiales, desaparición de los hábitos de procreación y alta tecnología, no medran los vínculos interpersonales y esto afecta el grosor del reparto actoral del drama. Mayormente nos cruzaremos con médicos, enfermeras y personal de SOMA. La burocracia y la atmósfera de hospital se nos antojan omnipresentes. Esa es la victoria y el punto fuerte de esta novela: comprimirnos el alma en una angustia estrecha de nosocomio.

La historia está narrada desde la perspectiva de un sujeto con un trastorno genético-mental. Lo subrayo, lo remarco, lo redondeo. Porque me pasó lo mismo con la voz narradora epistolar de Las ventajas de ser invisible de Chbosky. Hay momentos en los que no puedo confiar por completo en su facultad de juicio. El panorama que nos ofrece del futuro inevitablemente será sesgado, parcial, limitado... En semejantes condiciones, no puedo esperar de Nine una descripción minuciosa ni fiable de su patria, narrada a vuelo de pájaro. A ciertos lectores no les gustó el semi-instalove-digital entre los amantes que se juran amor eterno en la pantalla; a mí tampoco me gusta verlo, ni en la ficción ni en la vida real. (Doy fe con mi sello que estas formas líquidas de amor ocurren, y con más frecuencia de la que yo pensaba.) Esta inmediatez inverosímil, esos celos repentinos y esas ausencias en línea... es decir, el artificio del amor-verdadero-a-distancia, vertebra el núcleo atómico de la novela. Atacarlo me parece una empresa estéril. Más fructífero es analizar su contexto y sus consecuencias.

La sensación constante que nos produce la novela ambivalente: por un lado «¡Ay de ti, Nube!»; por el otro «Me falta información». El prólogo y el epílogo intentan compensar este exceso de focalización en lo romántico. No lo logra del todo. Sólo contamos con la perspectiva fragmentada de Nine/Nube para reconstruir los hechos. Pero tratándose de alguien con múltiples personalidades, le podemos otorgar el beneficio de la duda. Sencillamente, no me pude fiar de lo que relataba esa narradora segmentada. Nine se considera desde las primeras páginas una «persona equilibrada», pero el libro rebota en un valle de sombra de muerte lleno de grietas, cambios repentinos de humor y confusiones que el lector, hasta cierto punto, ya no tiene ganas de descifrar.

Una vuelta al cielo dividió aguas. Nos puede gustar o no. A mí me gustó. Pero ni sus virtudes son tan sublimes ni sus defectos tan terribles; salvo, como bien han observado algunos, por la banalización de la enfermedad mental como recurso narrativo, que es un mal que debemos expurgar de nuestra narrativa contemporánea. Hoy en día los autores se atiborran de información antes de crear personajes con determinados síndromes y trastornos. Un hábito que no nos vendría mal si queremos escribir novelas dignas. Volviendo al libro, es una historia que, sí, en un par de horas se lee. Ni más, ni menos. (Otras razones, muy contundentes por cierto, han demorado mi reseña.) Yo abordé la lectura sin grandes pretensiones. La encaré desde ese lado y me gustó. Disfruté el relato sin imponerle varas altas, dentro de sus límites.

Deliberadamente ignoré la relación Nine-Nube/Zang, por previsible, para concentrarme en otros aspectos del libro. Me sorprendió más el uso de fragmentos de canciones que las conversaciones en línea de los protagonistas. Me azoró la lucidez con la que uno de los personajes descubre la toxicidad de este vínculo. Me sosiega decir que no me pude sentir identificado con Nine/Nube, que hallé por momentos absurdo el desprecio a los cuerpos.

Esta es mi sentencia final. Lidiando con sus propios riesgos narrativos y sus giros inminentes, la trama de Una vuelta al cielo se mantiene en la piedra angular de su ternura hasta el desenlace, cercada por cuestiones interesantes tales como la manipulación genética, el consumo institucionalizado de drogas, el desarrollo de las tecnologías de comunicación, el peso de las corporaciones en la vida cotidiana y la deshumanización de los sujetos en este contexto de paraíso controlado.

Esto es lo que yo vi o quise ver en la obra de Cloudy. Cada lector leerá esta historia desde su lugar y sacará sus propias conclusiones.

Creo que no corresponde decir una palabra más sobre la obra. Por lo demás, pronto retomaré el ritmo normal del blog. Hasta la próxima reseña...

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