Dos refutaciones


He leído dos declaraciones deplorables acerca del arte de hacer ficciones; el desdén y la notoria arrogancia de dichas afirmaciones impiden que cite las fuentes. Me limitaré a aludirlas y a refutarlas.

La primera proposición propugna que la literatura no tiene la obligación de corresponderse con lo real. El género fantástico y la ciencia ficción se instituyen como territorios independientes a lo verosímil. El ejemplo del autor es intraducible, pero desde su perspectiva, si yo escribiera una historia acerca de un chico con cáncer, la voz del narrador puede optar por no reparar en precisiones médicas, omitir el ritual de la quimioterapia y el glosario clínico de rigor. La exploración (explotación) emocional del personaje justifica la niebla que se cierne en el relato. Si yo cometiera la imprudencia de imitar malamente a John Green, le faltaría el respeto tanto al lector como a los que verdaderamente padecen dicho mal. Rebajar la trama a la geografía emocional de un cuerpo que sufre es incurrir en naderías, a lo sumo en vulgaridad.

La falacia de que la literatura está divorciada de la realidad reivindica asimismo que no importa la connotación, las implicancias o las definiciones del término «cáncer». Siguiendo esta línea de pensamiento, el autor puede inventar un asesino psicópata sin entender nada de psiquiatría, ignorando la definición clínica de psicopatía. Admito que el placer de la lectura de ciertos textos requiere que el receptor baje la guardia. Que las palabras «cáncer», «psicopatía», «trastorno obsesivo-compulsivo», «plusvalía» «transgénero» o cualquier otra sufran un uso indiscriminado e irresponsable por parte de un autor es un error que no puedo consentir.

La segunda proposición es tan peligrosa como la primera; la que sugiere que el autor es libre de hacer su arte como quiera al margen de la opinión pública. Afirmación de una ingenuidad tan grande como una ceguera. Quien acepte este presupuesto como verdad indiscutible impugnará por completo la historia de la literatura. «El escritor escribe lo que quiere» insinúan las fuentes con las cual discuto, que tal vez sean imaginarias. Mi negación es inminente. Nadie escribe lo que quiere. La escritura es una situación emergente del lenguaje. «El autor manda», dicen unos. «El personaje manda», dicen otros. Yo, como Stephen King, vindico una tercera posición: la historia manda1. A pesar del autor y de sus personajes. Cada texto es un mundo propio; las leyes que lo rigen son inmanentes y se hallan en el lenguaje en el que están escritos. De modo que si hablo de «cáncer» en mi relato, incluso si lo refiero mínimamente, producirá un efecto de sentido que afectará la continuidad de la narración. El autor ha de estar comprometido con el lenguaje que utiliza, mucho antes de iniciar una obra literaria.

Jactarme de un libro, hablar de mi obra como si fuera un best-seller, unificar sentidos, son actitudes de las que puedo prescindir con total tranquilidad. Escritor no se nace, se hace. El escritor se construye palabra por palabra, piedra por piedra. La función autor no es automática, hay que legitimarla.

Estas refutaciones, que no están dirigidas a nadie, forman parte de mi arquitectura personal. Son libres de aceptarlas o rebatirlas.



1 El autor se refiere a una nota al pie del libro Mientras escribo, donde el agente literario de King le dice una frase que en realidad pertenece a Alfred Bester: «El libro manda».

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